La Herbolera (Toti Martinez de Lezea)
-¡Katalintxe! ¡Katalintxe!
La joven alzó la cabeza al escuchar los gritos de su madre. Estaba sentada sobre la hierba mullida y verde de la loma, una corona de margaritas sobre sus cabellos cortos, los pies descalzos tintados de verdÃn y el cestillo lleno de flores silvestres sobre su regazo. HabÃa corrido a su escondite secreto como de costumbre, en cuanto pudo escapar de sus tareas diarias: barrer, ordeñar a las cabras, dar de comer a las gallinas, recoger los huevos y soltar a los perros. Aquel era un lugar encantado que sólo ella conocÃa. Ella y la Dama que habitaba en una cueva del monte sagrado.
La silueta del Anboto se recortaba sobre el claro cielo de primavera. Como siempre que la Dama se hallaba en él, hilos de nubes entrelazados cubrÃan su cumbre ocultándola de la vista de los mortales, rodeándola de misterio. Desde el comienzo de los tiempos, los habitantes del valle habÃan dirigido cada dÃa sus miradas hacia la cúspide, suspirando aliviados cuando comprobaban que estaba cubierta porque entonces la diosa estaba en su casa y podÃan contar con su protección y descorazonados por la incertidumbre de su regreso cuando aparecÃa limpia porque ello significaba que Mari habÃa acudido a alguna de sus otras moradas en Zaldiaran, Aketegi, Murumendi, Akelarre, Lezea o Azalegi.
Katalintxe acudÃa a su lugar secreto con la esperanza de ver algún dÃa a la Señora. De sobra conocÃa los relatos que narraban desapariciones de jóvenes lo suficientemente osadas o inconscientes para entrar sin permiso en la morada de Mari. No habÃa quedado rastro de ellas y únicamente algunas veces, y mucho tiempo después, aparecÃa una prenda, un pañuelo o el anillo de alguna desventurada. No, ella no se adentrarÃa en la cueva sin permiso, esperarÃa paciente a ser invitada si es que algún dÃa lo era. EntrarÃa respetuosa, esperarÃa a que la Dama hablara y después se retirarÃa despacio, caminando hacia atrás, sin darle en ningún momento la espalda. Mientras, aprovechaba cualquier momento para acudir a aquel lugar, sentarse en la hierba de cara a la peña, tejer coronas de flores y hablaba con la Dama como con una amiga Ãntima a la que nada se oculta.
A pesar de pertenecer a Arrazola, que está a su vez a poco de Axpe, Abadiño y la importante villa de Tabira de Durango, los moradores del caserÃo Goiena siempre se habÃan sentidos ajenos al resto del mundo. Nunca participaban en las fiestas, celebraciones y procesiones organizadas en el pequeño pueblo del valle de Atxondo, el más alto de todos, el más cercano a la peña. Pero si Arrazola estaba alto, ellos lo estaban aún más y vivÃan mucho más cerca de la Dama que ningún otro ser de la Tierra. Tal vez por ese motivo, por sentirse tan próximos a la diosa o, simplemente, porque para llegar desde Arrazola hasta la casa era preciso subir una estrecha y empinada pendiente que exigÃa ciertas dosis de ánimo, pasaban meses sin que vieran a nadie conocido o desconocido. No sabÃan el nombre del rey, ni el del señor de Vizcaya; por no saber, a veces ni siquiera conocÃan al alcalde y tampoco les importaba demasiado. No recibÃan visitas y tampoco ellos las hacÃan. Durante generaciones los antepasados de Katalintxe habÃan sido considerados las personas más hurañas de la anteiglesia y ellos habÃan procurado no perder tal fama.
Kali Decapitada (Marguerite Youcenar)
Puede vérsela simultáneamente en el norte y en el sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida como la vida; sus ojos profundos, como la muerte. ”
Fuente: Kali Decapitada, Marguerite Youcenar.
El cantar de los cantares.
Muestra de que el erotismo no es algo de ahora, sino de mucho tiempo atras y de como las cosas pueden decirse de diferentes maneras y causar deseo. No es necesario las imagenes explicitas, si la imaginación es tu aliada. Estos fragmentos estan atribuidos a Salomon y es parte de la Biblia. Â
Mi amado habló, y me dijo:Â
Levántate, oh amiga mÃa, hermosa mÃa, y ven.Â
Porque he aquà ha pasado el invierno,Â
Se ha mudado, la lluvia se fue;Â
Se han mostrado las flores en la tierra,Â
El tiempo de la canción ha venido,Â
Y en nuestro paÃs se ha oÃdo la voz de la tórtola.Â
……..
 Yo dormÃa, pero mi corazón velaba.Â
Es la voz de mi amado que llama:Â
Abreme, hermana mÃa, amiga mÃa, paloma mÃa, perfecta mÃa,Â
Porque mi cabeza está llena de rocÃo,Â
Mis cabellos de las gotas de la noche.Â
Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir?Â
He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?Â
Mi amado metió su mano por la ventanilla,Â
Y mi corazón se conmovió dentro de mÃ.Â
Yo me levanté para abrir a mi amado,Â
Y mis manos gotearon mirra,Â
Y mis dedos mirra, que corrÃaÂ
Sobre la manecilla del cerrojo.Â
La Maldición de Mandos.
Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercarán Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas.
Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo.
El juramento los impulsará, pero también los traicionará, y aún llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir.
A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los DesposeÃdos.
Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espÃritu sin morada se presentará entonces ante Mandos.
Allà moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros. Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven.
Los Valar han hablado.
Via: Wikipedia.
Diario de Ana Frank (Fragmento)
” Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo como el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esa crueldad también se acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial. “
Las ciudades invisibles (Italo Calvino)
En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud inconmensurable de los territorios que hemos conquistado, a la melancolÃa y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos, una sensación como de vacÃo que nos asalta una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfrÃa en los braseros, un vértigo que hace temblar los rÃos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbe, de derrota en derrota, de los últimos ejércitos enemigos y resquebraja el lacre de los sellos de reyes que jamás oÃmos nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, pieles curtidas y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos habÃa parecido la suma de todas las maravillas es un desmoronarse sin fin ni forma, que la gangrena de su corrupción está demasiado avanzada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina.
…
Partiendo de allá y andando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas en lo alto de una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los dÃas se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas a la vez sobre las puertas de las freidurÃas, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices. “
El decamerón (Giovanni Bocaccio.)
Y estando las cosas de los longobardos prósperas y en paz, por la virtud y el juicio de este rey Agilulfo, ocurrió que un palafrenero de la reina, hombre de vilÃsima condición por su nacimiento pero, por otras cosas mucho mejor de lo que correspondÃa a tan vil oficio, y tan alto y hermoso como el rey, se enamoró desmedidamente de la reina. Y como su bajo estado no le impedÃa conocer la inconveniencia de esta amor, a nadie lo declaraba, como sabio ni aún a ella se atrevÃa a descubrirlo con los ojos. Y aunque vivÃa sin ninguna esperanza de agradarle nunca, se gloriaba consigo mismo de haber puesto sus pensamientos en tan alta parte; y como ardÃa todo en amoroso fuego, hacÃa más diligentemente que ninguno de sus compañeros todas las cosas que podÃan agradar a la reina. Por lo cual, sucedÃa que, cuando la reina querÃa cabalgar, montaba con más gusto el palafrén cuidado por éste que por ningún otro; cuando eso ocurrÃa, éste lo reputaba grandÃsimo favor y no se apartaba del estribo, teniéndose por feliz si podÃa tocarle las ropas. “
Via: El poder de la palabra.
La sombra del viento (Carlos Ruiz Zafón)
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EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS OLVIDADOS
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TodavÃa recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros dÃas del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre lÃquido.
—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
—¿Ni siquiera a mamá? —inquirà yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguÃa como una sombra por la vida.
—Claro que sà —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.
Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se habÃa llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el dÃa de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el dÃa y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mà todavÃa un espejismo, un silencio a gritos que aún no habÃa aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivÃamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librerÃa especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún dÃa pasarÃa a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacÃan en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendà a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que habÃa aprendido aquel dÃa… No podÃa oÃr su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardÃan en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavÃa pueden contar sus años con los dedos de las manos, creÃa que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podrÃa oÃrme desde donde estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas. Continuar leyendo este post…
La vieja Sirena (Jose Luis Sampedro)
Si nunca despertaste en sobresalto
febril, precipitándote hacia el lado
vacÃo de tu lecho, tanteándolo
con manos que se obstinan vanamente
contra implacable ausencia.
Si no sentiste entonces la muerte
desgarrándote en vida y agrandando
el vacÃo en tus venas inflamado,
el vano apartamiento de tus muslos,
el ansia de tu sexo.
Mientras el mundo gira (Jose Luis Sampredro)
Era igual que un niño que juega en la arena y encuentra una concha nacarada, o un guijarro pulido por las olas, o un corcho desprendido de las redes y, conquistador de semejante maravilla, corre hacia la madre a ofrecerle el humilde tesoro y la hazaña de haberlo hallado, arrancándoselo al mundo por ella. ”
Mientras la tierra gira (Jose Luis Sampedro)











