Hoy en LesLulu: Memorias de Antonia

La Herbolera (Toti Martinez de Lezea)

Escrito el 1 Julio, 2008
Publicado en Fragmentos

-¡Katalintxe! ¡Katalintxe!

La joven alzó la cabeza al escuchar los gritos de su madre. Estaba sentada sobre la hierba mullida y verde de la loma, una corona de margaritas sobre sus cabellos cortos, los pies descalzos tintados de verdín y el cestillo lleno de flores silvestres sobre su regazo. Había corrido a su escondite secreto como de costumbre, en cuanto pudo escapar de sus tareas diarias: barrer, ordeñar a las cabras, dar de comer a las gallinas, recoger los huevos y soltar a los perros. Aquel era un lugar encantado que sólo ella conocía. Ella y la Dama que habitaba en una cueva del monte sagrado.

La silueta del Anboto se recortaba sobre el claro cielo de primavera. Como siempre que la Dama se hallaba en él, hilos de nubes entrelazados cubrían su cumbre ocultándola de la vista de los mortales, rodeándola de misterio. Desde el comienzo de los tiempos, los habitantes del valle habían dirigido cada día sus miradas hacia la cúspide, suspirando aliviados cuando comprobaban que estaba cubierta porque entonces la diosa estaba en su casa y podían contar con su protección y descorazonados por la incertidumbre de su regreso cuando aparecía limpia porque ello significaba que Mari había acudido a alguna de sus otras moradas en Zaldiaran, Aketegi, Murumendi, Akelarre, Lezea o Azalegi.

Katalintxe acudía a su lugar secreto con la esperanza de ver algún día a la Señora. De sobra conocía los relatos que narraban desapariciones de jóvenes lo suficientemente osadas o inconscientes para entrar sin permiso en la morada de Mari. No había quedado rastro de ellas y únicamente algunas veces, y mucho tiempo después, aparecía una prenda, un pañuelo o el anillo de alguna desventurada. No, ella no se adentraría en la cueva sin permiso, esperaría paciente a ser invitada si es que algún día lo era. Entraría respetuosa, esperaría a que la Dama hablara y después se retiraría despacio, caminando hacia atrás, sin darle en ningún momento la espalda. Mientras, aprovechaba cualquier momento para acudir a aquel lugar, sentarse en la hierba de cara a la peña, tejer coronas de flores y hablaba con la Dama como con una amiga íntima a la que nada se oculta.

A pesar de pertenecer a Arrazola, que está a su vez a poco de Axpe, Abadiño y la importante villa de Tabira de Durango, los moradores del caserío Goiena siempre se habían sentidos ajenos al resto del mundo. Nunca participaban en las fiestas, celebraciones y procesiones organizadas en el pequeño pueblo del valle de Atxondo, el más alto de todos, el más cercano a la peña. Pero si Arrazola estaba alto, ellos lo estaban aún más y vivían mucho más cerca de la Dama que ningún otro ser de la Tierra. Tal vez por ese motivo, por sentirse tan próximos a la diosa o, simplemente, porque para llegar desde Arrazola hasta la casa era preciso subir una estrecha y empinada pendiente que exigía ciertas dosis de ánimo, pasaban meses sin que vieran a nadie conocido o desconocido. No sabían el nombre del rey, ni el del señor de Vizcaya; por no saber, a veces ni siquiera conocían al alcalde y tampoco les importaba demasiado. No recibían visitas y tampoco ellos las hacían. Durante generaciones los antepasados de Katalintxe habían sido considerados las personas más hurañas de la anteiglesia y ellos habían procurado no perder tal fama.

Via: http://www.martinezdelezea.com

Kali Decapitada (Marguerite Youcenar)

Escrito el 29 Junio, 2008

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Puede vérsela simultáneamente en el norte y en el sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida como la vida; sus ojos profundos, como la muerte.

Fuente: Kali Decapitada, Marguerite Youcenar.

El cantar de los cantares.

Escrito el 29 Junio, 2008

Muestra de que el erotismo no es algo de ahora, sino de mucho tiempo atras y de como las cosas pueden decirse de diferentes maneras y causar deseo. No es necesario las imagenes explicitas, si la imaginación es tu aliada. Estos fragmentos estan atribuidos a Salomon y es parte de la Biblia.  

Mi amado habló, y me dijo: 
Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. 
Porque he aquí ha pasado el invierno, 
Se ha mudado, la lluvia se fue; 
Se han mostrado las flores en la tierra, 
El tiempo de la canción ha venido, 
Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola. 

……..

 Yo dormía, pero mi corazón velaba. 
Es la voz de mi amado que llama: 
Abreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía, 
Porque mi cabeza está llena de rocío, 
Mis cabellos de las gotas de la noche. 
Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? 
He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar? 
Mi amado metió su mano por la ventanilla, 
Y mi corazón se conmovió dentro de mí. 
Yo me levanté para abrir a mi amado, 
Y mis manos gotearon mirra, 
Y mis dedos mirra, que corría 
Sobre la manecilla del cerrojo. 

La Maldición de Mandos.

Escrito el 12 Junio, 2008

Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercarán Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas.
Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo.
El juramento los impulsará, pero también los traicionará, y aún llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir.
A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos.
Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos.
Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros. Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven.
Los Valar han hablado.

Via: Wikipedia.

Diario de Ana Frank (Fragmento)

Escrito el 4 Junio, 2008
Publicado en Fragmentos

frank.jpg” Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión. Veo como el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas, y sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esa crueldad también se acabará, que la paz y la tranquilidad volverán a reinar en el orden mundial. “

Las ciudades invisibles (Italo Calvino)

Escrito el 28 Mayo, 2008
Publicado en Fragmentos

En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud inconmensurable de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos, una sensación como de vacío que nos asalta una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros, un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbe, de derrota en derrota, de los últimos ejércitos enemigos y resquebraja el lacre de los sellos de reyes que jamás oímos nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, pieles curtidas y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es un desmoronarse sin fin ni forma, que la gangrena de su corrupción está demasiado avanzada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina.

Partiendo de allá y andando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas en lo alto de una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas a la vez sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices. “

El decamerón (Giovanni Bocaccio.)

Escrito el 17 Mayo, 2008
Publicado en Fragmentos

Y estando las cosas de los longobardos prósperas y en paz, por la virtud y el juicio de este rey Agilulfo, ocurrió que un palafrenero de la reina, hombre de vilísima condición por su nacimiento pero, por otras cosas mucho mejor de lo que correspondía a tan vil oficio, y tan alto y hermoso como el rey, se enamoró desmedidamente de la reina. Y como su bajo estado no le impedía conocer la inconveniencia de esta amor, a nadie lo declaraba, como sabio ni aún a ella se atrevía a descubrirlo con los ojos. Y aunque vivía sin ninguna esperanza de agradarle nunca, se gloriaba consigo mismo de haber puesto sus pensamientos en tan alta parte; y como ardía todo en amoroso fuego, hacía más diligentemente que ninguno de sus compañeros todas las cosas que podían agradar a la reina. Por lo cual, sucedía que, cuando la reina quería cabalgar, montaba con más gusto el palafrén cuidado por éste que por ningún otro; cuando eso ocurría, éste lo reputaba grandísimo favor y no se apartaba del estribo, teniéndose por feliz si podía tocarle las ropas. “

Via: El poder de la palabra.

La sombra del viento (Carlos Ruiz Zafón)

Escrito el 12 Mayo, 2008
Publicado en Fragmentos

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EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS OLVIDADOS
 

Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.
—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
—¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
—Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo.
Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo lloraba le faltó la voz para responderme. Seis años después, la ausencia de mi madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el colegio, lo que había aprendido aquel día… No podía oír su voz o sentir su tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos, creía que si cerraba los ojos y le hablaba, ella podría oírme desde donde estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a escondidas. Continuar leyendo este post…

La vieja Sirena (Jose Luis Sampedro)

Escrito el 8 Mayo, 2008

Si nunca despertaste en sobresalto
febril, precipitándote hacia el lado
vacío de tu lecho, tanteándolo
con manos que se obstinan vanamente
contra implacable ausencia.

Si no sentiste entonces la muerte
desgarrándote en vida y agrandando
el vacío en tus venas inflamado,
el vano apartamiento de tus muslos,
el ansia de tu sexo.

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Mientras el mundo gira (Jose Luis Sampredro)

Escrito el 8 Mayo, 2008
Publicado en Fragmentos

Era igual que un niño que juega en la arena y encuentra una concha nacarada, o un guijarro pulido por las olas, o un corcho desprendido de las redes y, conquistador de semejante maravilla, corre hacia la madre a ofrecerle el humilde tesoro y la hazaña de haberlo hallado, arrancándoselo al mundo por ella. ”

Mientras la tierra gira (Jose Luis Sampedro)

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