La conspiración del Vaticano

Viernes, mayo 8, 2009

Ahora que se va a poner de nuevo de moda el Vaticano con el estreno de la película Angeles y Demonios, os dejamos el primer capítulo del libro “La conspiración del Vaticano”, de Kai Meyer.

Sipnosis: Roma. En una iglesia aparecen los grabados de las Carceles ‘las carceri’ del gran maestro Piranesi, uno de los más importantes grabadores de todas las épocas. Con este espectacular descubrimiento, Jupiter, un detective especializado en objetos de arte, comienza la busqueda de la obra del enigmático grabador del SXVIII, ayudado en todo momento por Coralina, una joven restauradora.

Asesinatos misteriosos, un monje loco y otras apariciones llevan a Coralina y a Júpiter a la legendaria casa de Dédalo – un lugar subterráneo que no había sido visitado durante miles de años. También aparece una sociedad vaticana muy interesada en los grabados capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguirlos.

Capítulo 1. El legado del grabador

Cuando él hablaba de imágenes, siempre lo hacía desde el punto de vista del arte. Las demás acepciones de la palabra «imagen», como la que hacía referencia al aspecto de una persona, al paisaje de una ciudad o a la percepción de la propia vida, no eran más que reflejos, estampas volátiles que se olvidaban con rapidez. La realidad no tenía ninguna consistencia para él, o al menos, eso era lo que quería creer: así todo sería mucho más fácil. Sin embargo, en algunas ocasiones, cuando se encontraba ante una obra de arte de singular valor, una que lograba en verdad dejarle sin aliento hasta casi perder el sentido, solía temer que aquellas sensaciones no fueran, por sí mismas, más que recuerdos. Recuerdos de belleza, de perfección, de tiempos pasados. Recuerdos de Miwa.

-¿Ha tenido un buen vuelo? -preguntó el joven taxista que le llevaba desde el aeropuerto Leonardo da Vinci hasta el centro de la ciudad. «Así son los italianos», pensó Jupiter. «Hasta sus aeropuertos se vuelven abanderados de la cultura y el estilo». El antiguo nombre del aeropuerto de Fiumicino existía ya solo en los paneles de la autopista, blanqueados por el sol, pero a efectos generales, se le conocía con el apelativo de Leonardo da Vinci. ¿Qué otro país del mundo sería capaz de tomar prestado para un aeropuerto el nombre de un artista?
-¿Signore?
Jupiter alzó la mirada. «¿Eh?».
-¿Ha tenido un buen vuelo? -preguntó de nuevo el conductor mientras procedía a adelantar a un camión. Tras ellos estallaba un enloquecido concierto de cláxones.
-Sí, claro. ¿Qué tal está hoy el tráfico? ¿Tardaremos mucho en llegar?
-Quedan treinta kilómetros hasta el centro.
-No me refería a eso, sé qué distancia hay hasta allí.
Quería decir que si las calles estarán cortadas.
-Habrá obras, atascos de hora punta… Pero no pasa nada -su mirada en el espejo retrovisor decía «Confíe en mí». Esa expresión se encuentra en el repertorio de todos los taxistas del mundo. «En mi coche, yo soy el rey; y mi coche es el rey de la carretera. No se preocupe por nada». Jupiter se acomodó en el asiento y observó el extraño paisaje que se abría a ambos lados de la autopista: los pardos campos de cultivo, las ocasionales construcciones con sus tejados ligeramente inclinados y, tras todo ello, a un par de kilómetros al este, los primeros edificios de varias plantas, llamativos hoteles en los confines de los grises guetos suburbiales. La colada colgada de los balcones. Letreros de neón que, a la luz del día, ofrecían un aspecto descuidado e incluso extrañamente obsceno. La última vez que había estado en Roma, hacía casi cuatro años, le había acompañado Miwa.
-¿Está aquí por negocios? -preguntó el taxista, que carecía del carácter aletargado tan propio de sus colegas más experimentados. Él, por el contrario, apenas pasaría de los veinte años y mostraba sobrada curiosidad ante todo lo que ocurriera en el mundo ajeno a él. Llevaba un gorro de punto. En su regazo cobijaba un móvil verde fosforito con el que, sin
duda, no tardaría en llamar a su novia si no lograba enredar pronto a su cliente en una conversación. Jupiter no estaba interesado en escuchar media hora de discusión amorosa en italiano. Odiaba tener que oír la muletilla «bella» insertada cada dos frases. De verse obligado, prefería hablar él mismo.
-Sí, por negocios. Por así decirlo.
-Usted trabaja en algo relacionado con el arte, ¿verdad?
Jupiter arqueó una ceja sorprendido. No lucía un traje de diseño, y sus dedos no estaban manchados de pintura. «¿Cómo lo ha adivinado?». El joven sonrió con orgullo.
-Quiere que le lleve hasta Santa María del Priorato. Los turistas, aunque quieren visitar iglesias, siempre se hacen llevar primero al hotel. Eso quiere decir que usted no es un turista
convencional, y sin embargo, es extranjero. Un extranjero que toma un taxi directamente desde el aeropuerto hasta una iglesia, lo hace por cuestiones de trabajo. Usted no tiene aspecto de sacerdote, por lo tanto, su interés se centra en el propio edificio, ¿me equivoco? Arte o arquitectura, una de dos -se encogió de hombros-. El resto fue suerte.
-Algunas personas consideran la arquitectura un arte.
El taxista guiñó un ojo.
-¿Ve los bloques de edificios de allí? Vivo en uno de ellos. Y ahora, hábleme usted de arte y arquitectura.
-Tú ganas.
-¿Es restaurador o algo así? ¿Arquitecto? ¿Se dedica a demostrar si los cuadros son auténticos o no? «Muy bien», pensó Jupiter, «y ahora, ¿qué?».
-Localizo obras de arte desaparecidas por encargo de coleccionistas y museos.
-¿Como un detective o algo parecido?
-Pero solo con el arte. No te preocupes, no le contaré a tu novia que hoy por la tarde vas a quedar con otra mujer. El taxi dio un volantazo y pasó rozando el lateral de un Subaru. El muchacho giró la cabeza hacia atrás y exclamó sobresaltado:
«Pero será…». Jupiter sonrió.
-He visto el posavasos que llevas en la bandeja del salpicadero.
Hay un nombre de mujer y la dirección de un apartamento en Tiburtina. No creo que haga falta que tu novia te apunte esas cosas, ¿verdad? Y mucho menos en algo de un bar.
-A lo mejor resulta que no tengo ninguna novia formal.
-Entonces no tendrías el móvil a mano sobre tu regazo
-no pudo evitar continuar hasta el final, aunque sonara un tanto sobrecargado-. Vosotros los italianos siempre estáis disponibles para vuestras queridas familias. Irritado, el taxista continuó:
-Joder, cómo me alegro de que no sea sacerdote. De verdad que me alegro, maldita sea.
-¿Es que tienes miedo de ir al infierno? -se interesó Jupiter sin dejar de sonreír.
-¿Usted no?
«Ya he estado allí», pensó el aludido, pero por supuesto no lo dijo en voz alta. Las frases recurrentes comenzaron a utilizarse porque expresaban verdades absolutas e inmutables, pero no siempre es necesario repetirlas para que todo el mundo las oiga. Durante un momento permanecieron callados. Atravesaron el anillo externo de la ciudad, transitando entre las pálidas fachadas de las tiendas adosadas a las montañas de apartamentos y viviendas, y por calles de dos vías por las cuales los vehículos circulaban como si fueran de tres. Después, las largas avenidas flanqueadas de adelfas, las primeras ruinas de pequeños acueductos e hileras de murallas de un color amarillo parduzco, antiguos pilones situados junto a una docena de
postes publicitarios sobresaturados. Un velo brumoso que cubría el depósito de una fuente, rodeado de diminutos arco iris. Ancianos vestidos con trajes oscuros y gorros calados hasta las cejas. Jovencitas en minifalda con perfumes caros y lo suficientemente dulces como para azotar sin piedad la pituitaria del conductor de un cabrio que pasara por allí. Taxis amarillos
que aparecían desde cualquier dirección, como si Roma esperara aquel día acoger una asamblea general del sindicato de transportes. Se estaban acercando al centro de la ciudad.
Apenas unos segundos después, no obstante, Jupiter se quedó perplejo al contemplar el entorno. «Pero, ¿dónde estamos ahora? Santa María del Priorato se encuentra mucho más al sur, no había necesidad de adentrarse tanto en la ciudad». Lanzó al conductor una mirada furibunda a través del retrovisor, pero algo le decía que aquel joven no había pretendido en ningún momento tomarle el pelo. Sabía perfectamente que Jupiter no era un turista ingenuo que se dejara arrastrar inocentemente por media Roma y acto seguido abonara de buen grado la abultada factura. El muchacho lanzó una blasfemia, volvió el rostro por encima del hombro, miró hacia atrás con ojos llenos de furia y giró, rabioso, el volante para realizar un cambio de sentido aprovechando una bocacalle cercana. Una vez más, hizo sonar escandalosamente la bocina y pasó rozando varios coches y toda una bandada de zumbantes vespas.
-No tengo ni idea de por qué de repente estamos aquí -masculló el taxista apretando los dientes-. De verdad que no tengo ni idea.
-Oh, venga ya…
-No, no -se defendió el conductor-, créame. No intentaba robarle ni nada parecido. Mire, voy a parar el contador -diciendo esto, dio un golpe que dejó una huella de violencia
en el taxímetro, pero también lo detuvo-. Me he perdido, pero no sé por qué.
-¿Andas ya pensando en Tiburtina?
-¡Oh, eso! No, qué va. Allí estoy solo en espíritu.
-Eres el primer taxista que conozco que se ha perdido en el camino desde el aeropuerto hasta la ciudad -se regodeó Jupiter-. De verdad, toda una novedad.
-Me alegro de que se lo pase usted tan estupendamente en mi coche. Recomiéndeme a sus amistades. Hasta entonces, Jupiter había creído saber con bastante exactitud dónde se encontraban: probablemente en algún punto cercano a Via Pellegrino, no muy lejos de Campo dei Fiori; pero en ese momento el paisaje que les rodeaba le resultaba completamente desconocido. Desde su abrupto cambio de sentido, el taxista había tomado dos curvas para perderse aún más en una maraña de callejuelas del casco viejo, cada vez más oscuras y estrechas. El taxi se reflejaba en las tenebrosas ventanas formando en su superficie manchas amarillas que se desvanecían rápidamente como un duende frenético.
-Vas demasiado rápido -comentó Jupiter.
-No sé dónde estamos y eso me pone nervioso.
-Así que así es como dan aquí la licencia de taxi, ¿eh?
-Ríase todo lo que quiera, pero créame si le digo que esto no me había pasado nunca. Jamás.
-Sí, claro.
-He girado en la curva, y entonces ya sabía exactamente dónde estábamos, pero ahora… -se arrancó el gorro de la cabeza y se enjugó el sudor de la frente. Jupiter suspiró y miró por la ventanilla.
-Llévame a esa iglesia de alguna forma.
El taxi vagabundeó un par de minutos por estrechas callejuelas desde las que apenas podía vislumbrarse el cielo, y por plazas en las que murmuraban fuentes solitarias. En todo este tiempo no se cruzaron con una sola persona; excepto en una ocasión en que, tras las rejas de una cochera, se vislumbró medio oculta una figura encorvada, cubierta con una capucha
oscura. La cabeza se inclinaba tan pronunciadamente hacia el suelo que era imposible ver su rostro. Casi parecía como si estuviera besando el suelo, como parte de algún arcaico ritual de bienvenida.
-Por fin -exclamó repentinamente el taxista, mientras frente a ellos se abría un pasaje tras el cual nacía, inundado por los rayos de un intenso sol de primavera, una amplia avenida. Poco después se encontraban transitando por una calle densamente poblada que discurría siguiendo la orilla derecha del Tíber. Poderosos plátanos de sombra se retorcían y flexionaban sobre la calzada, como si presentaran sus respetos, humildemente, como aquella singular figura oculta en las sombras de aquel portón.
-Usted no me cree, ¿verdad? -preguntó el conductor.
-¿Que te has perdido? Sí, claro que sí.
-Que NUNCA ANTES me había perdido.
-No pasa nada. No tenía prisa.
-Cree que miento -gruñó el joven, ofendido.
Jupiter respondió únicamente con una carcajada y, en lugar de decir nada, prefirió tratar de captar un breve vistazo del Tíber, aunque la muralla fortificada que acompaña a la corriente en su recorrido interfirió en su objetivo. Tan solo cuando atravesaron un puente pudo él contemplar, por un breve lapso de tiempo, un fugaz destello reflejado en la superficie fluvial
que surgía desde las profundidades de su artísticamente delimitado lecho de piedra. A su izquierda se alzaban, a escasa distancia, tres iglesias.Santa María del Priorato era la última. Para llegar hasta ella, el taxi tuvo que aproximarse por el lado opuesto y atravesar una vez más toda una red de pequeñas calles. En esta ocasión, no obstante, el conductor encontró el camino sin dificultad. Jupiter pagó y se bajó del coche.
-Acuérdate del posavasos cuando lleves a tu novia en el taxi.
El joven ocultó el trozo de papel en un bolsillo.
-Grazie, signore. Ciao.
-Ciao -Jupiter extrajo su equipaje del maletero y cerró la puerta.
El muchacho le guiñó un ojo al partir, como si su travesía accidental por una zona desconocida del casco viejo hubiera forjado entre ellos una sólida amistad. Jupiter respondió estupefacto al gesto, para volverse, acto seguido, hacia la puerta de la iglesia, agitando la cabeza, y apresurándose con grandes zancadas hacia el vestíbulo. El interior del edificio desprendía el clásico aroma de todas las iglesias antiguas: incienso, cera y humedad. Cuando aún era un adolescente, Jupiter se preguntaba si, tras el altar, se encontraría algún dosificador que desprendiera tal fragancia, como solía haberlo en el baño de aquellas ancianas parientes
que visitaba con obligada asiduidad cada domingo de su infancia. El moho de iglesia en lugar del frescor de los pinos, el olor de la cera sustituyendo la esencia del limón. Los bancos del lado derecho de la nave se habían apartado para abrir algo de espacio, dentro del cual se alzaba un andamio de cuatro niveles que había invadido por completo el muro lateral. No se veía por ninguna parte ningún obrero, pero tampoco ningún creyente o sacerdote. El andamio tembló ligeramente cuando, desde el plano superior, comenzaron a oírse unos pasos. Las tablas y las varas de acero vibraron. Cada pisada resonaba con fuerza y se prolongaba por toda el área del edificio. Jupiter reculó un par de metros para obtener una mejor vista de la parte superior, pero no consiguió ver a nadie. Los pasos dejaron de escucharse, y una figura esbelta apareció deslizándose por una escalera lateral, ágil como un gato. Una mata de pelo larga y negra caía sobre la espalda de la joven. Vestía un mono verde. Tan pronto como esta alcanzó el suelo, Jupiter pudo comprobar que el color original de la tela era, en realidad, azul, que había dado paso a una tonalidad más pálida por mediación de la cal y el polvo que cubrían todo el cuerpo de la muchacha. Su cabello, azabache en su estado natural, desprendía un brillo grisáceo que la hacía aparentar mayor edad de la que en realidad tenía.
Coralina volvió el rostro hacia él en cuanto saltó desde el último peldaño. Sonreía, y estaba aún más guapa que la última vez que se habían visto o, al menos, esa era la impresión que Jupiter extraía, ahora que se encontraba en disposición de juzgar su belleza con justicia. En aquella ocasión del pasado, ella era tan solo una niña de apenas quince años de edad.
-¿Jupiter? -se dirigió hacia él, pero se detuvo a un paso de distancia y comenzó a examinarle con calma, lo que logró irritarle profundamente-. Te has puesto en forma en los
últimos… ¿Cuántos? ¿Ocho años?
-Diez -sonrió él con sorna-. Hola, Coralina.
Dejó la maleta en el suelo, y la muchacha se lanzó corriendo a sus brazos. Era ligera, apenas notaba su peso, y medía casi una cabeza menos que él. Cuando la joven volvió a echarse hacia atrás, el abrigo del visitante estaba cubierto de polvo gris.
-¡Ups! -exclamó ella-. Lo siento -y emitió una risa traviesa de niña pequeña-. La Shuvani te lo lavará. Es lo menos que puede hacer por ti.
-¿Cómo está?
-¿Nos volvemos a ver por primera vez en diez años y lo primero que me preguntas es cómo está mi abuela? -rio Coralina-. Encantador.
-Ya no eres una adolescente. Tendré que acostumbrarmea ello.
Los ojos de Coralina desprendieron un súbito resplandor. Eran oscuros, casi tan negros como su pelo y sus delicadas cejas. Sus padres eran gitanos, cíngaros ambulantes que habían
dejado a su pequeña al cargo de su sedentaria abuela. La Shuvani también era gitana de corazón, pero había vivido durante más de veinticinco años en la capital, y era creencia entre su gente que la ciudad cambiaba la sangre de los hombres. A ojos de su propio pueblo, había abandonado la vida en las calles y ya no era, realmente, uno de los suyos, a pesar de que su físico delatara sin lugar a dudas su origen, y de que ella siguiera vistiendo los modelos y tejidos típicos de su etnia. Jupiter estaba convencido de que en los últimos dos años en que no había visto a la abuela de Coralina, nada había cambiado. La inmutabilidad siempre había tenido gran importancia para ella.
-Estabas en Florencia cuando Miwa y yo visitamos a la Shuvani -dijo él-. No quiso enseñarme ninguna foto tuya. Dijo que no te harían justicia, ya sabes cómo es. Sin embargo,
en mi opinión, tenía razón. Ella recibió el cumplido con una amplia sonrisa.
-He regresado a Roma hará cuatro meses. Desde entonces vivo otra vez en casa de la Shuvani, en el sótano.
-¿En el antiguo cuarto de invitados? -ambos asociaron esa habitación a un recuerdo concreto, pero Coralina no se amedrentó y continuó con la provocación.
-Todavía hay cuarto de invitados. Tú dormirás allí, si te parece bien -se colocó un largo mechón de pelo detrás de la oreja-. Tranquilo -prosiguió-. Ya no llevo camisones con
transparencias. Jupiter tenía, por aquel entonces, veinticinco años, diez más que Coralina. Su primer encargo le había llevado hasta Roma, y también era la primera vez que se hospedaba en casa de la Shuvani. Coralina se había enamorado de él con entusiasmo juvenil, y una noche se había presentado en la habitación de invitados vestida únicamente con un ceñido camisón adornado con estrellas translúcidas. Le había explicado cuánto legustaba y le había dicho que quería acostarse con él. Jupiter había tragado saliva, se había sumergido mentalmente en un intenso baño de agua helada y le había ordenado que se fuera, con el corazón endurecido. Por aquel entonces aún no había conocido a Miwa, pero en casa le esperaba otra novia. Además temía que la Shuvani le hubiera echado con cajas destempladas
de haber seducido a su adorada nieta y, a pesar de que rechazar la proposición no le había resultado fácil en absoluto, no se hubiera sentido bien consigo mismo si se hubiera acostado con una chiquilla de quince años, una cría a la que había visto por primera vez cuatro días antes. No le cabía ninguna duda de que su decisión había sido la correcta, aun cuando años después aún persistía un cierto remordimiento. De haber actuado a la inversa, se habría mentido a sí mismo. Ahora, Coralina se encontraba nuevamente ante él, diez años mayor, espectacularmente hermosa, y coqueteaba con el recuerdo de aquella noche en el cuarto de invitados en la que ella le había derramado descuidadamente sobre la camisa una copa de vino tinto.
Para cambiar de tema, Jupiter señaló el andamio sobre la pared de la iglesia.
-¿Tus dominios?
Ella asintió.
-Sí, bueno, al menos por un par de días. La semana pasada comencé a examinar el material del muro. La restauración durará un par de meses, pero ya no será asunto mío. Quiero decir, evidentemente, estaré por aquí, pero será misión de otra persona. Yo solo hago el trabajo previo.
-Es una labor de gran responsabilidad para alguien que acaba de terminar los estudios.
-Bueno, en cualquier caso hace casi un año que acabé
-repuso ella-. Mis notas fueron bastante buenas, y recibí una instrucción muy selecta en cantería. Supongo que es una combinación que funciona. No quedan muchos canteros tradicionales en la zona. Shuvani había explicado a Jupiter lo excelentes que habían sido las calificaciones finales de Coralina. Había estudiado Historia del Arte en Florencia y se había formado, al mismo tiempo, con un experto en construcción en piedra. Había completado ambos adiestramientos con matrícula, a pesar de la presión y de la carga de trabajo. Es posible que la suerte jugara su papel en todo ello, pero no podía habérsele asignado una tarea de campo como en la que se encontraba por mero azar.
-Shuvani me contó que necesitabas mi ayuda -dijo él, y pensó para sí: «Tenga el valor que tenga hoy en día la ayuda que yo pueda dar». Apenas había trabajado desde que Miwa se
había ido llevándose consigo las fichas de todos sus clientes, los resultados de sus investigaciones y las bases de datos informatizadas. Le había llevado a la ruina de un día para otro. Coralina asintió, y la serenidad de sus labios dio paso a una nueva tensión en sus comisuras.
-Has venido muy rápido.
-Tu abuela me llamó ayer por la tarde y… bueno, no tenía nada mejor que hacer, ya sabes…
Nada salvo sentarse y contemplar alternativamente la pared o la única foto de Miwa que esta le había dejado. Solía preguntarse por qué, si se había marchado, no se había llevado también aquella imagen suya. Había sido lo suficientemente minuciosa como para arrebatarle todo lo que tenía: el resultado de diez años de trabajo; y aún más, le había degradado y calumniado ante todos sus clientes y se había apropiado de sus encargos, mientras Jupiter se acurrucaba y esperaba en su despacho vacío a que sonara el teléfono, pero no con la esperanza de nuevos trabajos, sino con la de escuchar nuevamente la voz de ella, se encontrara donde se encontrara. Sin embargo, Miwa nunca volvió a llamarle. Como no podía ser de otra manera.
-¿Qué es lo que ocurre exactamente?
Coralina le dirigió una mirada de asombro.
-¿Shuvani no te ha contado nada?
-Solo que trabajabas en la restauración de esta iglesia y que querías que le echara un vistazo a algo. Involuntariamente, su mente volvió los ojos de la memoria a aquel camisón de estampado exótico. Hasta ahora había logrado mantener aquella imagen alejada de su subconsciente. «Los recuerdos», pensó, «pueden hacer mucho daño si se lo proponen». En los últimos tiempos no había tenido demasiada suerte con los recuerdos.
-¿De verdad te has metido en un avión sin tener la más mínima idea de a qué venías? -exclamó ella, agitando anonadada la cabeza-. Debe de ser verdad que no tienes nada mejor
que hacer.
-Clávame un poco más hondo el puñal y quizás te dé el gusto de gritar un poquito.Ella le acarició su mejilla, cubierta por una barba de dos días.
-¡Eh! Mejor en otra ocasión, ¿vale? -dejó escapar nuevamente una de sus enigmáticas risas de gitana, vivas pero, a la vez, extrañamente impersonales. Él asintió despacio y se preguntó si acaso aquella muchacha podría ser, en realidad, fría y calculadora.
-Ven -le dijo, y comenzó a ascender por la escalerilla.
Jupiter dejó abandonada la maleta y comenzó a subir por los escalones. Las varillas de metal se encontraban ya resbaladizas por la acción de los innumerables pies que, gracias a ellas, se
habían encaramado a los puntos más elevados de las obras realizadas en docenas de monumentos y edificios sacramentales.
-Ten cuidado, no te resbales -le gritó ella desde arriba,y cuando alzó la vista pudo comprobar que, mientras él mismo se encontraba en el segundo nivel del andamio, la muchacha había ascendido ya hasta el cuarto. No cabía duda de que era ágil. Una vez logró llegar hasta la cima, rechazó con cierta hosquedad la mano que la joven le tendía, pero esta, no obstante, le sonrió.

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