La Herbolera (Toti Martinez de Lezea)
La joven alzó la cabeza al escuchar los gritos de su madre. Estaba sentada sobre la hierba mullida y verde de la loma, una corona de margaritas sobre sus cabellos cortos, los pies descalzos tintados de verdÃn y el cestillo lleno de flores silvestres sobre su regazo. HabÃa corrido a su escondite secreto como de costumbre, en cuanto pudo escapar de sus tareas diarias: barrer, ordeñar a las cabras, dar de comer a las gallinas, recoger los huevos y soltar a los perros. Aquel era un lugar encantado que sólo ella conocÃa. Ella y la Dama que habitaba en una cueva del monte sagrado.
La silueta del Anboto se recortaba sobre el claro cielo de primavera. Como siempre que la Dama se hallaba en él, hilos de nubes entrelazados cubrÃan su cumbre ocultándola de la vista de los mortales, rodeándola de misterio. Desde el comienzo de los tiempos, los habitantes del valle habÃan dirigido cada dÃa sus miradas hacia la cúspide, suspirando aliviados cuando comprobaban que estaba cubierta porque entonces la diosa estaba en su casa y podÃan contar con su protección y descorazonados por la incertidumbre de su regreso cuando aparecÃa limpia porque ello significaba que Mari habÃa acudido a alguna de sus otras moradas en Zaldiaran, Aketegi, Murumendi, Akelarre, Lezea o Azalegi.
Katalintxe acudÃa a su lugar secreto con la esperanza de ver algún dÃa a la Señora. De sobra conocÃa los relatos que narraban desapariciones de jóvenes lo suficientemente osadas o inconscientes para entrar sin permiso en la morada de Mari. No habÃa quedado rastro de ellas y únicamente algunas veces, y mucho tiempo después, aparecÃa una prenda, un pañuelo o el anillo de alguna desventurada. No, ella no se adentrarÃa en la cueva sin permiso, esperarÃa paciente a ser invitada si es que algún dÃa lo era. EntrarÃa respetuosa, esperarÃa a que la Dama hablara y después se retirarÃa despacio, caminando hacia atrás, sin darle en ningún momento la espalda. Mientras, aprovechaba cualquier momento para acudir a aquel lugar, sentarse en la hierba de cara a la peña, tejer coronas de flores y hablaba con la Dama como con una amiga Ãntima a la que nada se oculta.
A pesar de pertenecer a Arrazola, que está a su vez a poco de Axpe, Abadiño y la importante villa de Tabira de Durango, los moradores del caserÃo Goiena siempre se habÃan sentidos ajenos al resto del mundo. Nunca participaban en las fiestas, celebraciones y procesiones organizadas en el pequeño pueblo del valle de Atxondo, el más alto de todos, el más cercano a la peña. Pero si Arrazola estaba alto, ellos lo estaban aún más y vivÃan mucho más cerca de la Dama que ningún otro ser de la Tierra. Tal vez por ese motivo, por sentirse tan próximos a la diosa o, simplemente, porque para llegar desde Arrazola hasta la casa era preciso subir una estrecha y empinada pendiente que exigÃa ciertas dosis de ánimo, pasaban meses sin que vieran a nadie conocido o desconocido. No sabÃan el nombre del rey, ni el del señor de Vizcaya; por no saber, a veces ni siquiera conocÃan al alcalde y tampoco les importaba demasiado. No recibÃan visitas y tampoco ellos las hacÃan. Durante generaciones los antepasados de Katalintxe habÃan sido considerados las personas más hurañas de la anteiglesia y ellos habÃan procurado no perder tal fama.










