Mujer de rojo sobre fondo gris (Miguel Delibes)
Ninguno de los dos era sincero pero lo fingÃamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba con mirarnos y sabernos. Nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavÃa lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en la cabeza temas de conversación que pudieran interesarla, pero me sucedÃa lo mismo que ante el lienzo en blanco: no se me ocurrÃa nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, caminábamos cogidos de la mano: ¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz asÃ, respondió ella.
(…)
Una voz misteriosa me soplaba la lección entonces y yo atribuÃa a los ángeles, pero ahora advertÃa que no eran los ángeles sino ella; su fe me fecundaba por que la energÃa creadora era de alguna manera transmisible ¿De quién me compadecÃa entonces, de ella o de mÃ? ”
(fuente: El Poder de la Palabra)










