Muchas gárgolas tienen nombre e historia, las que la imaginación popular les da. Son viejas figuras de piedra que, a fuerza de verse durante siglos, acaban siendo casi conocidos y vecinos. Y según su aspecto, o según lo que se medio recuerda y lo que se va inventando, terminan teniendo su personalidad y su cuento.
Esa está en el exterior de la catedral de Jaén, oscura por los muchos años y por las muchas lluvias que le han caído encima. Le llaman Chimi, y dicen que era un anciano muy sabio, que se sentaba mas o menos como está la gárgola, sentada, mirando a contemplar las estrellas. Un día vio una especial, empezó a dar voces de modo que la gente más joven acudió a ver qué pasaba.
Y el anciano les dijo que había nacido un Niño milagroso, y que así se acababa el mundo de la gente antigua y pagana. Y cuentan que se subió a lo más alto del monte, y desde allí se tiró abajo y desapareció para siempre.
Gilraenion.
