Hoy en Japoneitor: Extraños inventos - Muñequeras USB para calentar tus manos

Cuento.

Escrito el 15 Diciembre, 2007

El padre de Cris, pues así la llamaban todos, trabajaba como jefe de personal en la central de uno de los bancos más importantes que existían en la Ciudad de Puerto Azul, capital del País. Hace unos días recibió una llamada inesperada de su jefe:

- Guillermo acuda en cuanto pueda a mis oficinas, tengo algo que proponerle muy interesante.
- Enseguida estoy con usted…
- Toc, toc, toc,…se puede?
- Claro, claro Guillermo, entre y siéntese y escuche atento lo que le voy a decir: Tengo una oferta que no debería ignorar…Conoce usted la Ciudad de los Vientos? Está al norte del país. Es un pueblo costero, pequeñito, de unos 7.000 habitantes más o menos. Es un pueblo precioso, lleno de gente maravillosa, muy cordial y amable. Hace quince días que estuve allí con mi familia y me dejó muy buen sabor de boca…Buen lugar para vivir…Si señor…
- Ajam, pues le propondré a mi esposa ese lugar para irnos de vacaciones…
- A lo que iba Guillermo, que me desvío del tema…En este apacible pueblo tenemos una sucursal mucho más pequeñita que esta eso sí, pero se trabaja mucho más relajado. El caso es que el puesto de director se ha quedado vacante y he pensado en usted…

Guillermo y su familia se mudaron a la Ciudad de los Vientos. Él se sumergió en su nueva oficina y el nuevo trabajo de director le hizo que aun le gustara más su trabajo. Su esposa, ilusionada por la decoración de su nueva casa, la vecindad y el darse a conocer, restó importancia a sus deberes de madre; y Cristina se vio sola rodeada de gente que no conocía, que la miraban como a una extraña, que la hacían sentir ignorada…Se había visto obligada a dejar de lado su vida, sus amigos, el colegio; todo por una decisión en la que no la tuvieron en cuenta y ahora tendría que empezar de cero. -Como si eso fuera tan fácil-, se decía Cris mientras se alejaba de la Ciudad.

Los sentimientos de Cristina eran una mezcla de rabieta y tristeza, de furia y nostalgia. No dejó de caminar mientras en su cabeza le desbordaban las preguntas. Cuando se quiso dar cuenta se encontraba en uno de los puntos más altos de la ciudad: Una atalaya franqueada por un muro de piedra a media altura. Se apoyó en el muro y desde allí pudo contemplar un paisaje de postal: Abajo un mar revuelto que atizaba sin escrúpulos la arena de la playa, un horizonte difuminado por la bruma, un cielo nebuloso, aves inquietas que sobrevolaban a media altura, el sonido de las campanas de un barco que partía y una brisa, que dejaba de ser suave, le azotaba el pelo, le humedecía. Miró hacia atrás, hacia el camino de regreso y divisó tejados de diferentes alturas que quebraban el espacio, chimeneas humeantes, farolas y luces encendidas que se proyectaban hacia el cielo y formaban un áurea que envolvía a un pueblo enrarecido por algo que a Cristina le hizo sentir miedo…

Se hacía de noche y Cristina, insegura, quería correr hacia su casa cuando una voz altiva y tenebrosa la llamó:- Hola Cristina, bienvenida a mi Ciudad, te esperaba.- Se hizo el silencio y Cristina, paralizada, no podía apartar la vista de unos ojos impasibles y poderosos que la ordenaban a temblar. Absorta por ese ser sin sombra, que surgió de la nada, Cristina seguía sin articular palabra cuando de pronto ese ser empezó a reír de una forma maquiavélica. Dos enormes colmillos asomaron de su boca y Cristina, de un brinco, comenzó a correr sin saber a dónde dirigirse. El corazón le palpitaba tan deprisa que casi ni podía respirar, un sudor frío le corría por la frente, la angustia le cortaba el aliento y esa risa martilleaba en su mente…

Se hizo de noche y perseguida por El Conde entró en una ciudad que no reconoció. Asustada no sabía a dónde dirigirse y se sintió acorralada…No tenía escapatoria cuando de repente dos bellas mujeres, de cabellos largos y oscuros, ojos almendrados, piel brillante y vestidas de sedas de colores aparecieron delante de Cristina. Una de ellas, la más pequeña, vestida de varios tonos rosados y perfumada de un dulce sabor a fresa la cogió del brazo y se la llevó volando hacía La Taberna del Duende Perlín. Allí Cristina, asombrada por lo que se encontró (seres salidos de un cuento de hadas: nomos, duendes, hadas, elfos, enanos, brujas, etc., etc., ), se sintió alguien importante, como si fuera el eslabón de una cadena rota que la uniría, como la pieza clave que daría el jaque mate en una partida de ajedrez. El Hada de Rosa la soltó en el suelo y la dirigió a un lado de la taberna en donde se encontraba una puerta del tamaño de una caja de zapatos:

- Aquí estarás segura, entra
- Por aquí? Pero si….
- Ssssssshhhhhhhhhhhh tu abre la puerta…

El hada le dio un beso en la mejilla y se marchó a una de las mesas en donde había un grupo de elfos. Cristina, incrédula, abrió la puerta. Una ráfaga de luz blanca la absorbió hacia una confortable habitación en donde la esperaba una hoguera, un montón de velas perfumadas encendidas y una calida cama que la hechizó. Cristina se olvidó de todo lo que le había ocurrido y se dejó llevar por el dulce sueño. En el exterior se encontraban dos seres extremadamente fuertes: Drácula, el señor de las tinieblas, ladrón de almas inocentes como la de Cristina, y la Bruja Nica, Señora del Bosque de las criaturas del bien, donde todos trabajaban para derrotar al ser maléfico que tenía delante de ella.

Cristina había llegado a la ciudad en el momento justo, en la víspera de Todos los Santos. Todos la esperaban: Drácula para consumar la ceremonia que le devolvería todo su poder, en la Noche de los Muertos, y La Bruja y sus aliados para evitar que la dicha ceremonia tuviera lugar. El Vampiro necesitaba el alma de Cristina como el ingrediente primordial de su conjuro y la Bruja se lo había arrebatado; había impedido que este maligno personaje finalizara el acto que le devolvería el poder, pero no lo había derrotado; y allí se encontraban, en mitad de una calle oscura, silenciosa y envuelta en un manto de niebla.

La Bruja en frente de su adversario, mirándole sin pestañear, fija en cualquier movimiento que diera inicio a la batalla descomunal que se libraría, estaba aterrorizada, pero su entereza la mostraba frente al Vampiro como una gran guerrera. Un ligero pestañeo le hizo perder de vista a Drácula, y cuando lo quiso encontrar ya no estaba allí. Suspiró liberalizando todo el miedo que contraía y en ese momento sintió como en su cuello se clavaban, punzantes, dos afilados colmillos. No lo dejó acabar. Se giró fugazmente mientras golpeaba con todas su fuerzas a su enemigo. Ese golpe le dio a la Bruja un poco de tiempo para que se suspendiera en las alturas, pero cuando se quiso dar cuenta fue duramente atacada por un fogonazo de aire que la disparó contra la pared de piedra de una de las casas de la calle. Desvarió por unos segundos y cuando se recompuso vio como se le acercaba el malhechor dispuesto a dar la estocada final. Levantó su pierna y le clavó el tacón de aguja de su bota, lo hirió y acto seguido le sacudió fuertemente en la nuca un golpe con su codo y lo derrotó en el suelo. En ese momento el reloj de la plaza del pueblo repicaba la última campanada de las doce de la noche. Drácula había sido derrotado. La Bruja se agachó, lo cogió por el cuello, le miró despiadada y lo volvió a tirar en el suelo. Mientras él se esfumaba ella se dirigía hacia la taberna gravemente herida. Allí todos la esperaban para celebrar la victoria, pero nada más entrar se desplomó en el suelo. El Hada de Rosa la cogió y se la llevó al Bosque, en donde sería curada por los druidas sagrados.

A la mañana siguiente Cristina despertaba en su habitación. Los rayos del sol que entraban por su ventana le hicieron recordar todo lo que había sucedido en la noche anterior. Su madre le había dejado en la mesita de noche un tentador desayuno, pero ella se vistió deprisa y salió ansiosa a la calle en busca de la Taberna. Lo que encontró fue una biblioteca. Confusa y también decepcionada entró en el lugar. Allí dentro la esperaba sonriente una joven bibliotecaria de rostro muy familiar, era Nica…

-Hola Cristina, has descansado bien?…

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