La sangre del ayer.
Sabemos y vemos lo que ocurre mediante la televisón, periódicos, revistas, a base de escuchar la radio y a las personas: cada dÃa muere gente. Ésa es la conclusión.
La desesperación y el pánico nos supera, aunque nos mantengamos en silencio.
¿Qué podemos hacer cuando el silencio no vale, cuando los aplausos se vuelven sordos, cuando ni las manifestaciones ni los discursos son tenidos en cuenta?
Vivimos con miedo. Vivimos desconfiando, porque tememos que cada dÃa pueda ser el último, cada dÃa puede ser la última vez que veamos a los nuestros antes de morir, siendo inocentes, por la codicia ajena y la falta de tolerancia y raciocinio.
11-S, Irak, 11-m… no podemos olvidar la situación en la que nos encontramos, y en el 7-j, nuestros miedos se han vuelto a reabrir:
He visto a gente huir de una maleta algo alejada de su dueño en un tren, he sentido mis lágrimas caer por el miedo y la indecisión.
Las medidas tomadas no son suficientes, señores. La rabia y la impotencia pueden provocar desastres mayores, asà que, ruego que me respondan: ¿qué podemos hacer para sentirnos seguros sin quebrantar la ley?
¿Debemos apelar a Dios? Mejor a las cabezas que organizan nuestro paÃs, ¿no?
Comprendo la dificultad que la polÃtica encierra, el cúmulo de responsabiliddades que conforma, pero hay que priorizar, a mi juicio, la vida humana a la celebración de las Olimpiadas. A fin de cuentas, éstas pueden hacerse otro año, pero los muertos no regresan.
Sé que tal vez piensen: “si crees que es tan ácil, ven y hazlo tú”. No, señores, no creo que sea fácil, pero no estoy dispuesta a morir por la codicia de otro. A fin de cuentas, la polÃtica, como antaño, se basa en un juego de retórica y gramática que engarza una idea sencilla en una frase de tres o cuatro lÃneas, que la hace, finalmente, difÃcil de creer incluso para aquel que la pronunció.
Déjenme exponer un ejemplo: los discursos de condena al terrorismo. Una vez sabemos que lo condenan, ¿qué pasa? Nada. La gente sigue muriendo.
Sólo lograremos eso cuando muera un civil: un discurso de condolencia, un premio y dinero.
Si muere alguien importante, curiosamente, hay más actuación. Es una buena paradoja. ¿Quién importa más? ¿Dónde se sitúan los valores hoy dÃa?
¿Se olvidan acaso de que todos nacimos de una madre? ¿Se olvidan de la vida antes de que se les conociera? El poder tiene una curiosa manera de actuar, y siempre es la misma: cambia y corrompe a la gente.
Recuerden que todos cabemos en dos metros de tierra.
Somos seres humanos (cualidad olvidada) y moriremos, sÃ… pero aún no, y no de esta forma. Todos, como ustedes, tenemos derecho a vivir una vida larga y tranquila, sin miedos, y aunque ya no sepueda evitar lo ocurrido, sà podemos frenar lo que en un futuro podrÃa sucedernos. Todo es cuestión de dejarse de discursitos y ponserse manos a la obra, antes de que el mundo quede vacÃo de vida humana, porque realmente dependemos de ustedes.
Por sus decisiones nos jugamos la vida cada dÃa… o no.
Por favor, ayúdennos a todos a vivir en paz y a no sufrir más que por lo que nuestras vidas nos traigan.
Eso sà serÃa condenar al terrorismo.
2 Usuarios Comentando En " La sangre del ayer. "
Gracias a ti











Tanta responsabilidad tiene el que permite como el que mata. El que permite por lo complejo que es actuar contra el terrorismo y el que mata…..pues el que mata no sé si llamarlo persona o no….mucha sangre fria tiene que tener para apretar un gatillo o hacer estallar una bomba, no hay justificación alguna, ni la polÃtica, para los criminales…Y al final la muerte…victimas que nos dejan cojos…es horrible…Gracias por lo que has escrito, un beso.