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LABIOS SELLADOS.

Escrito el 7 Diciembre, 2007

CAPÍTULO 1. PÉRDIDA DEL ALMA. 

Mi nombre es Yumi Kinoto. Tengo 37 años. Resido en la ciudad de Miyajima, en una pequeña habitación, cerca del Gran Torii. Soy viuda, y actualmente trabajo en una redacción, lo que me permite conocer a mucha gente. Pese a todo, sigo siendo como cuando tenía seis años: inaccesible y silenciosa. Quizá por eso he intentado plasmar mis pensamientos y sentimientos en un papel, para poder comunicarlos, y librarme un poco de la inmensa carga emocional que he soportado durante toda mi vida.Hasta que me casé, vivía en Fukuoka, en la región de Kyushu. Mi vida nunca ha sido un camino de rosas. Desde mi más tierna infancia, con apenas seis años, mi madre, Asai Jinsu, comenzó a educarme en el silencio. No importaba que fuera una niña sin conocimiento del mundo. No pude disfrutar nunca de mi infancia como hacían los demás niños. Aún puedo oír su voz, repitiéndome incansablemente mientras me peinaba para ir al colegio: “Los labios sellados son bonitos. Si están sellados, si no sale nada de ellos, nadie puede entrar en tu mente ni en tu corazón; tus pensamientos y tus sentimientos serán sólo tuyos, nadie podrá arrebatártelos y tampoco podrán utilizarlos para hacerte daño.”En el colegio nadie sabía nada sobre mí. Desde pequeña aprendí a no mostrar alegría, o tristeza; aprendí a no hablar, a actuar como una mujer dentro del cuerpo de una niña. Mucha gente se sorprendía al verme, al ver que aunque me dijeran la frase más bella, o el comentario más divertido, apenas sí lograban que esbozara una sonrisa cortés, seguida de una leve inclinación de cabeza para dar las gracias. Nada más.Mi infancia transcurrió tranquila, supongo que con un ritmo normal; iba al colegio, ayudaba en casa, estudiaba y cuando tenía tiempo libre, salía con mis amigas, Meiko y Judith, una niña americana que residía en Japón con sus padres. Sólo ellas sabían algo más que el resto sobre mí, pero, por cruel que parezca, también era fría con las dos únicas amigas que tenía. Mi madre estaba convencida de que el silencio ahorraba problemas. Estaba casada con mi padre, Katsukioka Jinsu, un gran ejecutivo que no solía estar en casa, porque continuamente estaba viajando, o bien por el país, o alrededor del mundo. Sus continuas ausencias eran una tortura para mi madre, pero ella lo aguantaba en silencio, porque estaba segura de que si se quejaba, mi padre nos abandonaría a ella y a mí, y no quería que eso nos ocurriera, pero yo sabía que pese a sus continuos viajes, mi padre nos quería a mi madre y a mí por encima de todas las cosas… pero sólo yo me daba cuenta de ello. Con el paso de los años, su sufrimiento aumentó, y mi madre se centró tanto en mí, que me ahogaba sin darse cuenta; empezó a vigilarme más, quería saber adónde iba y con quién, qué haría, cómo iría vestida, y sobre todo, cómo me comportaría; a veces me pedía que estuviera con ella, aunque fuera en silencio, y si hacíamos algo, como bordar, o preparar una comida, siempre, en algún momento, me repetía la creencia a la que se aferraba con toda su alma: “Los labios sellados son bonitos.”Ahora sé que me estaba pidiendo ayuda, pero entonces yo no supe dársela; estaba demasiado sometida a ella, y sólo sabía obedecer. Mi mente era un reguero de ideas y pensamientos contradictorios entre sí, y mi corazón parecía una bomba de relojería. Aún así, pese a mi propio tormento, logré el objetivo de mi madre: que nadie, ni siquiera Meiko y Judith, se dieran cuenta.Nunca derramé una lágrima, pese a que la desesperación era cada día mayor. Llegué a creer que aunque estuviera en el otro extremo del mundo, si la deshonraba con mi comportamiento porque hablara más de lo que ella me permitía, lo sabría, y sus represalias no tardarían en tener efecto sobre mí.Los años de escuela pasaron rápidos, tal vez demasiado. Antes de podernos dar cuenta, éramos adolescentes que habían terminado los estudios básicos y estaban a punto de graduarse y pasar a la enseñanza universitaria. En todo ese tiempo, conocí a mucha gente; algunos hombres se intentaron acercar a mí, y también muchas chicas trataron de entablar amistad conmigo, pese a mi silencio. Pero mi amistad con mis amigas de la infancia, que eran quienes de verdad me importaban, siguió intacta. Nadie logró acercarse a mí tanto como ellas, y yo tampoco les di demasiada oportunidad; no es que no quisiera conocerles, pero en el último momento recordaba a mi madre y tenía que ahogar mis deseos, muy a mi pesar. Aunque ya no es una práctica tan habitual, mi madre decidió llevar nuestra vida a la antigua usanza y me prometió en matrimonio con Tadashy Kinoto, un informático que era hijo de una amistad de mis padres. Yo tenía dieciséis años cuando se celebró la boda.Yo ya conocía a Kinoto de la escuela, y nunca había sentido por él nada salvo repulsión; era arrogante, charlatán y orgulloso. Le encantaba irse a beber con sus amigos. Tal vez lo único bueno que tuviera fuera su talento para la informática, pero era el hombre que mi madre había escogido para mí. Supusieron (para mi desgracia, de manera acertada) que yo no me opondría, y el día que me casé sentí que había entregado mi alma a un patán cualquiera.La ceremonia fue hermosa, pero fui incapaz de disfrutarla. Mi corazón no paraba de negarse, pero mi cabeza hacía lo posible por asumir lo que estaba sucediendo; antes de que me diera cuenta, todo había pasado y nos encontrábamos celebrando la noche de bodas. Mi alma se hizo añicos cuando él tomó mi pureza. Pero sólo fue el principio. 

CAPÍTULO 2. MUERTE EN VIDA. 

Quince años duró nuestro matrimonio. Quince años de infierno. Vivíamos en Miyagawa, cerca de nuestras familias. Aunque no demostraba mis sentimientos ante nadie, lo cierto es que no sabía qué hacer. Tadashy no me tuvo respeto nunca, y como era lógico, al ser mi marido, menos aún. Nuestro matrimonio nunca atravesó por buenos momentos. Cada día aparecía en casa bebido, apestando a sake y con marcas de carmín en el cuello. Sinceramente, su infidelidad no me molestaba en absoluto, porque sabía que así yo tendría tranquilidad esa noche. Nunca me importó que no me mirara con cariño ni me dijera cosas hermosas, como le decía mi padre a mi madre. Sabía que no encontraría nada de eso en Tadashy. Al ver que yo nunca decía nada, trataba de discutir conmigo, y frustrado por no conseguirlo, empezó a romper cosas estrellándolas contra el suelo. Supongo que intentaba intimidarme, y aunque lo había logrado desde el primer momento, por mucho que mi corazón temblara de miedo, nunca se lo demostré. Siempre que rompía algo, yo, con calma, desaparecía unos instantes y regresaba para recogerlo, como si aquel jarrón o aquel vaso se hubiera caído solo, movido por una corriente de aire más fuerte, o empujado por algún libro más pesado de la cuenta. Poco tiempo después empezó a intentar romper las cosas contra mí, pero siempre estaba tan borracho que su puntería era pésima y yo no tenía que hacer nada para esquivar los ataques. Finalmente empezó a golpearme a mí.De repente tuve la sensación de haberme convertido en un maniquí. Mi marido hacía conmigo cuanto quería, sin obtener una réplica o una lágrima a cambio, por mucho que por dentro la rabia y la desesperación se agolparan en mi corazón. Mientras, mi madre seguía recordándome que el silencio era beneficioso, y me insistía en los deberes de obediencia de una esposa, de acuerdo a los votos y a las dotes que recibimos cuando se celebró la ceremonia de pedida de mano; de puertas para afuera nadie sabía nada. Ni siquiera mis amigas. Pasaba en vela muchísimas noches. Mi marido me obligaba a dormir de cara a él para poder controlar mi rostro y comprobar si lloraba cuando él estaba dormido. Nunca logró su propósito, ya que supe adelantarme, y mientras él me vigilaba hasta donde le permitía el sueño, yo me limitaba a cerrar los ojos y sumirme en mis pensamientos, tratando de hallar desesperadamente una salida.¿Realmente el silencio era beneficioso? ¿Tan grande sería la deshonra de que un hombre abandonase a una mujer? 

CAPÍTULO 3. LABIOS SELLADOS. 

Las preguntas sin fin se agolpaban en mi mente desde que me levantaba, llena de moratones hasta que me acostaba a su lado. Me sentía como un gusano encerrado en su capullo, incapaz de evolucionar a nada mejor. Me sentía estancada. No podía dejar de pensar en el rumbo que llevaba mi vida. Muchas veces, mientras hacía las tareas domésticas, me detenía y pasaba un largo rato contemplando los moratones y heridas que tenía. No podía evitar preguntarme entonces: ¿Es ésta la clase de vida que deseo llevar? ¿Es esto lo que una madre querría para su hija? ¿Hacía lo correcto? ¿El silencio es realmente bueno? ¿Tan grave sería enfrentarme a mi marido? ¿Tendría alguna vez el valor de cambiar mi vida?Pronto una honda tristeza se apoderó de mí. Llevábamos casados trece años. Estuve así durante meses, hasta que una noche no aguanté más; aquel día estaría sola en casa hasta muy tarde, por lo que no habría problemas; fui al baño y llené la bañera con agua tibia. Después fui en silencio hacia la cocina y cogí el cuchillo más afilado que tenía. Por último me desnudé y me introduje en la bañera. Estaba a punto de hacer que el frío acero cortara mis muñecas, cuando mi marido apareció en la puerta. Al verme allí, a punto de suicidarme, se echó a llorar y quitándome el cuchillo me abrazó y me juró que cambiaría, y me pidió una y otra vez que no me suicidara. No tuve más remedio que abrazarle y esperar a que se calmara un poco; de mis labios no brotó palabra alguna. Dos semanas más tarde, estábamos como siempre.Aún recuerdo aquel nefasto 20 de octubre. Esa tarde había tenido que ir a una revisión y, para mi desgracia, descubrí que soy estéril. Regresé a casa pensando en cómo le daría a conocer la noticia a Tadashy. Sabía que él no aceptaría eso y que reaccionaría violentamente ante tal deshonra, aunque yo no fuese culpable de ello. Posiblemente me repudiara. O tal vez intentara acabar con mi vida. Después de todo, ya había estado a punto de lograrlo una vez. Aquella tarde se desató una tormenta eléctrica que dejó sin luz a todo el barrio. Mientras, yo esperaba en casa, alumbrándome con unas velas, la llegada de mi esposo. Pero jamás llegó a su destino. Cuando, horas después, volvió la luz, recibí una llamada del hospital: Mi marido había muerto aplastado por un árbol, al que le había caído un rayo encima. No había podido hacerse nada por su vida; cuando llegaron a él, ya había muerto, tras una dolorosa agonía. Al caerle el tronco encima, las vértebras y las costillas se rompieron y las astillas dañaron sus pulmones y su corazón.Fui a reconocerle de inmediato, y en el hospital me encontré con algunos amigos de mi marido y conocidos que, nada más verme allí, me dieron el pésame. Mis suegros también estaban allí, pero no se acercaron ni me dijeron nada. Es más, me miraban como si yo fuese la culpable de la muerte de su hijo mayor. Mis cuñados no me prestaron atención alguna. Todos estaban junto a su madre. Supe en ese momento que estaba sola, ya que siquiera mis suegros me aceptaban. Pero algo había cambiado en mi interior. Una nueva fuerza había despertado en mi corazón, manteniéndome serena y tranquila aún cuando a mi alrededor todo eran miradas y murmuraciones de desaprobación. Había sobrevivido al infierno. El capullo se había roto, y comenzaba la transición a una nueva vida. El funeral se celebró al día siguiente. Yo vestía un kimono blanco; me mantuve de pie, firme, ante su tumba. Contemplé en silencio cómo cubrieron su ataúd de tierra, sin poder dejar de pensar en la ironía de que yo siguiera con vida y él, que fue quien puso la mía en peligro alguna vez, había acabado muerto.Sabía que su familia estaba mirándome. Todos me estaban mirando, pero para mí no existían. Para mí sólo estábamos él y yo. Él, muerto. Y yo, viva, de pie, ante su tumba. Sí, yo estaba viva. 

CAPÍTULO 4: MIYAKO ODORI: UNA NUEVA VIDA. 

Aunque la muerte de Tadashy supuso una liberación para mí, vendí de inmediato la casa conyugal y me mudé lo más rápido que pude. No quería volver al barrio de Miyagawa jamás. Por eso me mudé a Hiroshima, y me instalé en Miyajima, en la región de Chugoku. Lo primero fue escribir a mis viejas amigas comunicándoles la muerte de mi esposo y mi nueva dirección y número de teléfono. Pronto recibí sus llamadas telefónicas, así como la de mi madre. Tanto Meiko como Judith apoyaron mi decisión de empezar una nueva vida, aunque desconocían mi desgraciado matrimonio, pero mi madre tuvo una reacción totalmente diferente. A ella no le pareció bien mi resolución, y empezó a hablar durante una media hora sin detenerse, sobre los deberes de una esposa y los de una viuda, sobre cómo debía comportarme ahora que mi marido había muerto, cómo debía honrarle pese a los golpes y moratones que él me había causado, pese a sus desprecios continuos y maltratos de toda clase. Yo la escuché en silencio, recordando el infierno que había vivido, las vejaciones, las burlas, todo… Pero cuanto más hablaba ella, más segura me sentía. Sonreí con suavidad, sintiéndome tranquila por primera vez en toda mi vida. Sabía que mi actuación era contraria a lo que ella me había inculcado, pero había pagado durante años por seguir sus directrices, y ahora, finalmente, había decidido atreverme a seguir mi propio camino, a desafiarme a mí misma y ver hasta dónde podía llegar yo sola. Sería duro y yo lo sabía, pero tenía que intentarlo al menos.Lo primero que hice fue buscar trabajo; no me resultó fácil encontrarlo, pero logré entrar en una pequeña editorial como secretaria. Debido a mi trabajo meticuloso, no me resultó difícil hacerme con el puesto, y poco después, ascender. Mis compañeros eran muy amables conmigo, y no paraban de repetirme que si necesitara cualquier cosa, no dudara en pedirla, pero pocas veces precisé de ayuda.Me sentía feliz. Me llevaba de maravilla con mis compañeros, y por primera vez en mi vida me sentía bien conmigo misma. El contacto diario con ellos logró derribar parte del muro de silencio que mi madre había inculcado en mi interior desde niña, hasta que conocí a un escritor llamado Jin Sendai. Aquella tarde los cerezos estaban en flor, y el viento les arrancaba algunos pétalos. Hacía sol, y empezaba a hacer calor. Yo estaba en mi tiempo de descanso, y decidí disfrutar de la llegada de la primavera bajando a comer a la sombra de los cerezos. Aquel día había cambiado especialmente mi cajita de benzo por la de madera lacada de año nuevo para la ocasión.Cuando la abrí, un hombre joven se acercó a mí y me preguntó amablemente si podía sentarse a mi lado. Alcé la mirada y sonreí con suavidad, por lo que se sentó y empezó a comer tras presentarse y darme las gracias.Fue entonces cuando supe que se llamaba Jin Sendai. Era un escritor poco conocido, debido en parte a su juventud, que intentaba hacerse un hueco en el mundo de la literatura.  Una vez me presenté y le comuniqué que trabajaba en la misma redacción donde él iba a probar suerte, empezó a dejarse ver por los alrededores más a menudo.Unas veces coincidíamos al entrar o a la hora del almuerzo por pura casualidad. Otras, según supe después, la gran mayoría, fueron provocadas.Me sentía muy honrada por su comportamiento. Era muy respetuoso hacia mí, pero aún así, me daba miedo avanzar hacia algo más. El recuerdo de la vida pasada con mi difunto marido y mi esterilidad me echaban atrás en los momentos decisivos, por lo que Sendai siempre veía en mí un acercamiento y un arrepentimiento casi simultáneo. Sendai aguantó aquella situación tres meses más. Una noche de julio reunió valor y mientras paseábamos por un parque se me declaró. Me habló con franqueza, sonrojado como un joven que abre su corazón por primera vez a una chica, me dijo que se fijó en mí al poco tiempo de conocernos, pero que mi comportamiento le torturaba, que sabía que había algo que le ocultaba, y quería saber lo que era, para poder ayudarme a pasarlo. Juró que estaría conmigo para lo que fuera, pero necesitaba que yo confiara en él.Yo no estaba preparada para aquello. Sus palabras me asustaron de tal manera que me bloqueé. Mi cabeza se había convertido de nuevo en un hervidero de preguntas y recuerdos tortuosos, mientras mantenía la vista fija en él.Jin no sabía qué me pasaba. Para él, yo simplemente estaba en silencio, como si sus sentimientos no me importaran, como si fuese una imagen de piedra. No sabía la batalla que llevaba librándose en mi interior años. Al ver que no respondía, bajó la mirada. Le había vuelto a hacer daño, y por eso se despidió de mí. Se dio la vuelta prometiéndome que jamás volvería a molestarme y empezó a caminar despacio. Alejándose de mí.Fue entonces cuando la última barrera que había levantado durante años se vino abajo. Algo me recorrió entera, y de mi garganta sólo surgió un nombre: Jin. Le llamé con un grito, por primera vez en mi vida, y rompí a llorar corriendo hacia él.Él se paró en seco y se giró pasmado. Me abrazó con fuerza cuando llegué a él, y en ese momento comprendí la postura de mi madre. Pero también me di cuenta de que era errónea. Mis padres se querían por encima de todas las cosas, pero el miedo de mi madre era injustificado, y con el silencio sólo lograba empeorarlo, porque no estaba tranquila nunca.Jin me pasó un brazo por los hombros y me acercó a él; me acompañó a mi casa dando un paseo. No me preguntó nada, ni yo pronuncié palabra alguna mientras caminábamos. Una vez allí, cuando estuve más tranquila, le revelé que había estado casada, y que había enviudado recientemente. Le expliqué por encima los pormenores de mi matrimonio, y mi determinación de empezar de cero olvidando a Tadashy. Jin sonrió; él estaba divorciado, y comprendía mi postura. Pero había algo más. Se sentó a mi lado y me cogió de la mano, aguardando pacientemente a que reuniera las fuerzas y el valor de confesarle mi segundo motivo para echarme atrás. Cuando por fin supo que no podría darle un hijo, me abrazó. Para él nada importaba salvo estar conmigo.

Le miré y sonreí entre lágrimas. Había superado la última prueba. La mariposa había salido del capullo y volaba, libre al fin.

Historia registradas en Madrid, el 11 de abril del 2007

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