EL VIAJE.
Mientras las olas del mar arrullaban la mañana con sus susurros incomprensibles y el viento salado hacía de la mañana un momento mágico que llenaba el corazón, me dispuse a caminar por la playa que, tal vez, aún estuviera desierta con las primeras luces del alba. La mañana estaba fresca y despejada, y el sol no había empezado a iluminar directamente las calles, pero aquella luz que no era luz, y la penumbra que no era tampoco penumbra, me invitaba a salir y a jugar a la luz y las sombras, a esconderme en las calles estrechas y a salir a los amplios paseos desiertos aún, mientras todo se tornaba como sobrenatural, por aquella extraña y mágica iluminación. Poco a poco, sentí más y más cerca de mí el sonido de las olas, un rumor suave pero persistente, regular, relajante. Me descalcé antes de pisar la fina arena de la playa, y sentí que estaba fresca. Miré a mi alrededor; todo vacío. Avancé sin miedo, sintiendo el tacto suave de la arena en mis pies, y cuando llegué al mar, lo contemplé con respeto y en silencio, maravillada de su inmensidad y magnificencia… y de su consideración con nosotros. Por ello me arrodillé en la orilla, junto a las rocas de un lado de la playa… y empecé a construir un castillo de barro, con la propia arena de la playa. Lo hice en silencio, dejando en cada pedazo de barro que resbalaba por mis manos una oración, y cuando lo hube acabado, lo miré en silencio; se componía únicamente de formas picudas como los gorros de las brujas y hechiceros. No quise hacer nada más, suponiendo que no duraría mucho más de la mañana. Habían pasado doce años. Tenía que marcharme del pueblo por motivos de trabajo; unas excavaciones griegas habían sido descubiertas recientemente y me habían pedido ayuda para desenterrarlas y traducirlas. Paré mi todo terreno rojo en el paseo de la playa; estaba vacía. Ni luz ni oscuridad. Sólo el viento salado y el rumor de las olas. Lo mismo que encontraría en Grecia. Sonreí. No estaría sola. El mar me acompañaría. De pronto, recordé algo y dejé el coche en marcha, bajando a la carrera. Tuve una corazonada… Tenía que saberlo. Corrí sin tiempo para quitarme mis deportivas, mientras la arena se me metía por los calcetines. Corrí hasta la orilla… hasta las rocas de un lado de la playa… y caí de rodillas, con la mirada fija en la orilla. ¡Era imposible! Aquel castillo que construí… doce años antes… se mantenía allí, de pie, como si no hubiera pasado el tiempo. Miré al cielo. ¿Qué significaba? ¿Era acaso un mensaje? ¿Qué mensaje? Me acerqué al agua y dejé que lamiera mis manos. De pronto comprendí, que no había acabado. Que volvería más adelante… y habría más cosas que ver.
Sonreí, y dejé que el aire secara mis manos. Agarré el volante, y me marché despacio, mientras el aire golpeaba mi cara suavemente; no tenía puesto el capó. Cogí una cinta de casete y, como hacía antes, empecé a cantar a pleno pulmón, como hacía para entrenarme la voz antes, para las pruebas de acceso para estudiar arte dramático. Había logrado mi sueño, pero en mis vacaciones tuve que renunciar al descanso para recordar mis lecciones de griego del bachillerato… y estaba dispuesta a lograrlo; así, de paso, daría una vuelta por los barrios típicos y trataría de visitar todo aquello que mi profesora nos recomendó a mis compañeros y a mí en sus clases. Sonreí y mientras cantaba y conducía, recordé rápidamente los bailes griegos que conocía; mientras, el rumor del viento entre los árboles me indicaba el cambio de paisaje hacia el interior.
Historias registradas en Madrid, el 11 de abril del 2007










